LOYOLA
Palabras de Ana Palacio en el acto de inauguración de la sala Loyola de Palacio en el Parlamento Europeo. Bruselas, 12 enero de 2011.
¿Nacemos marcados por el destino?
¿Cuántas veces me habré hecho esta pregunta con relación a Loyola?
Dos veneros profundos atraviesan su tiempo, y definen a Loyola:
España, su historia y su futuro. Porque Loyola es, ante todo, una patriota española.
Sus seres queridos; su familia y sus amigos. Muchos de quienes estáis aquí sabéis, por experiencia propia, de ese recinto de sentimiento al que ella podía referirse como "mi corralito" en momentos íntimos, o "mi muralla" en aquellos otros momentos épicos, también muy suyos.
Y estos dos ejes, en torno a los cuales construirá su personalidad, se manifiestan muy temprano, afloran en Loyola niña y trazan su relación especial con la vida, la responsabilidad. Incluso la muerte.
Loyola entró -aunque tal vez irrumpió sea verbo más apropiado- en política muy joven. Y por recordar un hito, me viene a la memoria su intervención en un debate organizado y retransmitido por la televisión francesa en las postrimerías del franquismo, "Demain l’Espagne", en el que una jovencísima Loyola con sobria camisa blanca y el pelo recogido en una trenza, se erigió en gran protagonista frente a curtidos políticos. No hace mucho, Miguel Boyer, quien participó en el programa, me recordaba como él le dijo a nuestra Loyola que nunca había recomendado a nadie entrar en política, pero que en su caso lo hacía porque aunque desde planteamientos ideológicos distintos entendía que su voz, la voz de nuestra Loyola, era importante en el futuro de España, en el futuro de Europa.
Y así fue.
Loyola tenía una idea clara de España, de España plural e incluyente (en la familia, vascos pero no euscaldunes, Loyola fue la primera en aprender vascuence, lengua que tanto la unió con su tierra).
Y del lugar de España en Europa.
En Loyola tirios y troyanos reconocen hoy la coherencia en la defensa de las ideas y los ideales, ese no dejarse llevar por las lentejuelas de los sondeos de opinión, que en más de una ocasión la situó en incómodas posiciones minoritarias. Y, con su muerte, tantos españoles y tantos europeos identifican su nombre con determinados valores. Valores que se encuentran en el cruce del liberalismo europeo con las corrientes democratacristianas. Valores que defiende el Partido Popular español, el Partido Popular europeo, de los que este acto de homenaje es símbolo.
Cuando en 1999, Romano Prodi la nombra vicepresidenta de la Comisión europea y responsable de transportes, energía y relaciones con el parlamento, su fama como ministra de agricultura del primer gobierno de José María Aznar, correosa y peleona en defensa de los intereses de los agricultores españoles, la había precedido; y muchos descubrieron sorprendidos su europeísmo.
Un europeísmo cimentado en el Liceo Francés, institución donde Loyola cursó todos sus estudios hasta la Universidad y por la que siempre manifestó un agradecimiento justificado. Un europeísmo conformado en aquellos tiempos grises del franquismo de principios de los años sesenta, en los que era frecuente escuchar en su entorno escolar que Europa terminaba en los Pirineos. Y a Loyola le hervía la sangre, conocedora como era desde muy pequeña de la historia de España, del ser europeo de España, de la vocación europea de España, así como de la contribución de España en la configuración de Europa, de cómo Europa no se concibe sin España. Más de una vez el patio del viejo Liceo de Marqués de la Ensenada fue escenario de retos y peleas infantiles originados por esta cuestión y protagonizados por Loyola.
Porque Loyola fue valiente, siempre, valiente física e intelectualmente. Y combativa, por ideas y por personas. Para Loyola valor y honor constituía la trama de sus convicciones, y no entendía convicción sin acción.
Esa vocación a la acción, se encauzó en otros dos importantes rasgos de su carácter, su capacidad de trabajo y un don especial para hacer equipo, apoyadas en su lealtad a las personas y las ideas que, sin embargo, nunca le impidió trascender líneas de demarcación preestablecidas.
Los que estáis hoy aquí que trabajasteis con ella sois testigos de lo que digo, pero tal vez ese don de relación humana tenga su mejor exponente en su colaboración con François Lamoureux -otra prematura pérdida-, a quien nombró su director general de energía y transportes y con quien fraguó una relación de auténtica complicidad en beneficio de la construcción europea. En cuanto a su capacidad, en España es conocida y reconocida tanto su labor de gobierno como en el Partido Popular en el que fue primera presidenta de Nuevas Generaciones, o más tarde en el cargo de portavoz adjunto del grupo parlamentario en el Congreso durante la larga travesía anterior a la victoria electoral de 1996. En Bruselas, hoy todavía, la Comisión europea desarrolla iniciativas de envergadura inspiradas por Loyola, desde Galileo al cielo único, desde las redes eléctricas europeas a la energía nuclear, desde la seguridad de suministro y el mercado interior de la energía, a la estrategia para reforzar la seguridad marítima, o el acuerdo marco de colaboración con el Parlamento Europeo. Y concluido su mandato, poco antes de iniciar su última gran batalla, a petición del Presidente Barroso, elaboró el primer informe sobre las redes paneuropeas de transportes, que diseña los corredores estratégicos continentales mas allá de la UE a 27.
Loyola se vio inmersa súbitamente en la terrible experiencia que es el cáncer. Y se adentró en ese viaje iniciático con la firmeza que la caracterizaba. Y desde su difícil singladura llegó, rotundo, su "esta batalla también la daré. Porque la única batalla que seguro se pierde es la que no se da". Y en su travesía de Ulises, corta pero cuan intensa, soportó soles abrasadores y pociones sin fin en su gesta por vencer a Circe. Y bajó a la morada de Hades. Y durante este tiempo, su alegría de vivir suplió el haber recibido del Rey de los Vientos la bolsa que los contiene todos, excepto el que a Ítaca lleva.
Loyola ha pasado así a simbolizar la experiencia del cáncer, tan presente en nuestra sociedad actual, ese viaje al que muchos nos hemos visto abocados y que, vivido como ella, saca lo mejor de nosotros al enfrentarnos a nuestros límites -los conocidos y los que nunca imaginamos-, a nuestros temores y a nuestras creencias, a nuestras certezas y a nuestras dudas. Loyola es hoy el cáncer vivido en plenitud, de frente, sin aceptarlo como estigma.
Empezaba esta intervención preguntándome sobre el destino y confesando cuántas veces me he planteado esta pregunta con relación a Loyola. Desde la compleja complicidad que entretejió nuestras vidas, no puedo evitar terminar con una evocación de nuestra infancia que ilustra esta interrogación.
En aquella época, el sistema educativo marcaba énfasis en la memorización de textos, sobre todo prosa literaria y poesía, ejercicios de retórica que tanto nos ayudaron a superar las dificultades que hablar en público conlleva, y que nos han proporcionado un rico bagaje de citas para acompañar la vida. Cuántas veces al recodo de alguna intervención o incidente en el Parlamento Europeo, Loyola desde su asiento de vicepresidenta de la Comisión, se giraba en dirección a mi escaño, y en el movimiento de sus labios, entre dos sonrisas, podía yo leer el fragmento de Molière, Montaigne, Lope o Unamuno que también a mí me había venido a la memoria. En el Liceo, este ejercicio solía traducirse en representaciones cortas, entremeses de aficionado sobre la tarima, con el encerado de fondo y nuestros compañeros de clase como público. Por ello, a menudo, en casa, preparando los deberes, yo me encontraba dando la réplica o repasando con Loyola alguno de estos textos.
Recuerdo, así, su emoción especial el día que descubrió los versos románticos que Teóphile Gautier dedica a la España sobria y dura, la España idealista de nuestra gesta histórica: “J'aime d'un fol amour les monts fiers et sublimes!/(…) Dans leur air libre et pur nagent des essaims d'aigles,/ Et l'écho du rocher siffle l'air du bandit./ Ils n'ont que leur beauté, je le sais, c'est bien peu;/ Mais, moi, je les préfère aux champs gras et fertiles,/ Qui sont si loin du ciel qu'on n'y voit jamais Dieu!”. Cuántas veces, en las caminatas a las que tan aficionada era, se los habré escuchado recitar de nuevo.
Y recuerdo, sobre todo, una fábula de Lafontaine: "Le Chêne et le Roseau". Estoy viendo a nuestra Loyola de ocho o nueve años, al contraluz del atardecer, con su falda gris tableada y los brazos en cruz en metáfora de frondosas ramas: "Cependant que mon front, au Caucase pareil,/ Non content d´arrêter les rayons du soleil,/ Brave l´effort de la tempête”. Le pregunté, insistentemente, por qué se había pedido representar el roble, ya que el roble acababa derribado por el viento: "Du bout de l´horizon accourt avec furie/ Le plus terrible des enfants/ Que le Nord eût portés jusque-là dans ses flancs./ (...) Et fait si bien qu´il déracine/ Celui de qui la tête au Ciel était voisine/ Et dont les pieds touchaient à l´Empire des Morts" Loyola parecía no escucharme, hasta que, aprendido el fragmento y con amago de reverencia de fin de función ante su invisible público, en tono no exento de desafío, me espetó un "es que yo, en la vida, quiero ser roble", antes de desaparecer corriendo y saltando, supongo que rumbo a la cocina, pues para entonces ya era hora de cenar.
Loyola ha sido roble. Y la tempestad del cáncer nos la ha desarraigado.
Pero nos queda su memoria. Su memoria que nos enseña que bajo el aparente hedonismo de nuestra sociedad, existe una sed profunda de valor, de firmeza de carácter, de arraigo, de referentes, de España, de Europa. Porque oscura pero determinadamente sabemos que este común que somos es depositario en la historia del sentido de nuestra vivencia personal.
Así, Loyola, es ya hoy y para siempre el roble que, enraizado en el Imperio de los Muertos, alza su copa en el cielo.
En ese cielo desde el que se ve a Dios.